Robert Plant se presentó en Rosario: Estado de gracia

La leyenda del rock mundial desplegó su proeza con suma maestría. Asombro, emotividad y una pátina de euforia, en una noche memorable en Metropolitano.
Espectáculos como estos no se ven todos los días, no es habitual que hitos planetarios de semejante magnitud visiten Argentina.
A sus 77 años, el exlider de Led Zeppelin alcanzó un estado de plenitud en el que lo único que tiene que complacer es a su propio deseo, ni el de la industria, ni el de sus fans, ni el del propio peso de ser una ‘leyenda’, que muchas veces acarrea una implicación más karmática que favorable.
En conexión con lo sagrado y con un aplomo terrenal que logra que todo se desarrolle de modo impecable, habita en él la paradoja de que cuanto mas trasciende el espíritu, mayor es la afinidad con las propias raíces.
Robert Plant, junto a la banda Saving Grace y el melifluo encanto de Suzi Dian, lograron un show exquisito, sublime e hipnótico. Reticente al cliché de la tríada sexo, droga y rock & roll, el artista puso de manifiesto que las guitarras distorsionadas, el desparpajo y el sobresalto más explícito, no son imprescindibles.

La rebeldía y el atrevimiento que concita las luces en una propuesta totalmente antagónica a lo predecible y desde lo más genuino, sin pedir sangre para redimirlo, como afirmó Pete Towshend, es el verdadero rock and roll.
La energía en Metropolitano sobrevolaba entre la emotividad y lo expectante. La mayor parte del público estaba a minutos de concretar el anhelo de ver a su ídolo adolescente en presencia plena. Cientos de camperas de cuero en una marea de gente que oscilaba entre los 45 y los 70, con grupos de veinteañeros entendidos de la música.
Todos en el acuerdo tácito del ‘ahora o nunca’, de que un show así difícilmente podría volver a repetirse. A las 21:19 horas se apagaron las luces y se emanaron las primeros sonidos que fueron purificando el terreno antes de la llegada de los músicos. La música de Hanza El Din fue recibiendo a cada uno de los cinco artistas que acompañó con solidez y alto vuelo al icónico Robert Plant, que ingresó por el lado izquierdo del escenario recibido con una respetuosa ovación.
Su alborotada y libre cabellera de rulos desgreñados y definidos al viento, permanece intacta. Más que un sobreviviente, Plant es un inquebrantable, quien permanece impertérrito sin vanagloriarse. La potencia de su voz es verdaderamente arrolladora, soltando notas elevadas y estridentes tanto como los graves más envolventes.
«The very day I’m gone» fue la elegida para empezar, respetando la parte inicial del setlist del resto de la gira. La puesta fue austera, despojada, lo justo y necesario. Un telón blanco de fondo donde se proyectaba la tapa del álbum en mutación constante por los tonos del juego de luces.
Un escenario donde lo artesanal y el talento en estado puro, prima sobre lo tecnológico y el sobreestimulo constante que definen varios espectáculos hoy día, es por eso también que el show de Robert Plant expresa un hecho artístico fuera de los estándares, dado que casi no quedan artistas así.
Plant se refirió a su público durante toda la noche como “señoras y señores pasajeros”, en una interacción concisa y simpática. La tradicional “The Cuckoo” fue resignificada en clave celta, folk, rock con guiños gospel y dominando la armónica en sintonía conceptual con todos los temas. “Higher rock” precedió a una celebrada “Ramble On”, de Led Zeppelin, en la que Suzi Dan sacó a relucir aun más el brío abrazador de su voz. “As I roved out”, “Too far from you”, “Let the four winds blow” del propio Robert Plant, desembocaron en una versión astutamente remozada de “Four sticks”, también de Led Zeppelin.
«Its a beautiful day today» marcó uno de los trazos más conmovedores del show, alcanzando lo sublime. Una de las pinceladas más vigorosas se dio en “Calling to you”, también de su etapa solista.
Entre covers, temas propios y algunas perlas de Led Zeppelin, el músico desnudó su costado más etéreo a la intemperie, desprovisto de imposturas y en pie de honestidad absoluta, principalmente consigo mismo. A cada segundo de la noche demostró ser un artista que no traiciona su esencia y que se aventura a resignificarse. “Angel Dance”, “For the turnstyles” de Neil Young, y la sorpresiva “Friends”, marcaron el primer final del show.
Plant no temió en dar unos pasos al costado para que cada uno de sus músicos tuvieran su momento de lucirse mientras él los contemplaba sumido en un goce sonoro.
El público escuchó con reverencia mas de lo que cantó, en una contemplación que espejaba lo que acontecía en escena. “Everibody’s Song” de Low, precedió con un empuje poderoso a un extenso solo de cello que anticipaba en final con “Bron-yr-aur”.
Sin hacerse rogar, Plant se retiró con sus músicos del escenario dejando escritas una de las páginas más épicas entre los shows que se presentaron en la ciudad. Robert Plant aún tiene mucho más por decir y nada que sacrificar.
Por Lucas Rivero
Fotos: @billyplantabaja