Pity Álvarez en el Autódromo: “Rosario es rock”

El legendario artista hizo historia frente a 25.000 personas. Tres horas de show y más de treinta canciones, fueron parte de una noche donde la mística rockera vibró en su estado más puro.
‘La gente manda’. Consigna irrevocable, leít motiv como estandarte, divisa que podía leerse desde la banquina de la ruta camino al Autódromo Municipal, en paredes aledañas a la salida, en cientos de banderas, y también en la remera de Pity al comienzo del show.
Esa es la gente convocada por el artista a un ritual que congrega a miles de almas de los lugares más recónditos del país.
Interminables hileras de colectivos, trapos, previa en plena calle con jarra popular de mano en mano, vendedores ambulantes, y un frío otoñal apaleado al calor humano del pogo más salvaje. Los brazos alzados en estado de goce o sosteniendo más banderas que celulares, son señal de restistencia en una era digital en la que prima una fractal necesidad de demostración en lugar del pleno disfrute en su más genuina esencia.
Ésto último se puso de manifiesto y es ley en quienes abrazan aunados esa mística que evidencia que el rock argentino permanece incólume. Unas tres horas de show (con intervalo incluido) y más de treinta canciones en una puesta en escena de gran despliegue, y una voz distorsionada que sacude las entrañas. Antes del ingreso al Autódromo se percibía la proximidad de una noche canónica para el rock argentino.

Pity es más que resiliente. Se apoderó del escenario desprovisto de ínfulas de rockstar ni imposturas, en su naturaleza más voraz y en su propia ley. Así cautivó al público desde que se posicionó frente al escenario.
Con la mirada que quien timonea el caos entre el regocijo y lo visceral, el mirar de quien ha sufrido y lleva con grandeza los achaques de varias guerras, y que hoy permanece impertérrito. Sin pedir permiso, sin pretensiones ni necesidad de demostrar absolutamente nada, Pity conquistó a su público y los hizo vibrar en un pogo desmedido, que incluyó tanto el canto a garganta desgarrada y las lágrimas desatadas de los fans más nostálgicos que crecieron con las melodías de Viejas Locas e Intocicados.
La huella digital del artista se veía en la pantallas circular del escenario principal y en la estructura al centro del Autódromo tras la torre de sonido. Una puesta en escena asimétrica e imponente, a la altura de una estrella de rock en su ansiado retorno.
Un escenario teñido de blanco, entre laboratorio y nave espacial con acentuadas tarimas de diferentes alturas, como cápsulas que habitaron desde la corista hasta el trío de vientos. Cada una de los ocho músicos acompañaron con solidez y aplomo los temas de Pity en un sonido envolvente y minuciosamente cuidado.

A las 20:30 horas dos televisores vintage se ilustraron en las inmensas pantallas de los costados, aportando algunas imágenes en conciso preludio.
Un hombre de mameluco blanco comenzó a filmar al cardenal de capa roja que recorrió es escenario de un extremo a otro.
Entre una espesa humareda Pity fue recibido con eufórica ovación y el flamear incesante de una marea de banderas. Los primeros acordes de “Me gustas mucho” dieron inicio a un concierto poderoso, enérgico y movilizante. “Mi inteligencia intrapersonal” y “Fuego” fueron las elegidas para el inicio, donde se pudo percibir una voz dañada pero con un brío sentimental aún más acentuado.
A Pity se lo vio igual de conmovido que sus fans, y no era para menos. El pogo se intensificó aún más en temas como “Volver a casa”, “No tengo ganas de pensar”, y los distorsionados rockanrroles “Intoxicado”, “Las cosas que no se tocan” y “Qué vas a hacer tan sola hoy?”. Para oxigenar llegaron las baladas que Pity interpretó desde las entrañas. “Fuiste lo mejor”, la autorreferencial “Don Electrón”, y “Homero” dedicada a su padre.
Los clásicos imprescindibles no dejaron de sonar. A su vez, también tuvieron su momento los Lados B más atesorados por los fans de antaño. “Me vuelvo al sudeste” del último disco de Intoxicados, y “638” y “Balada para otra mujer” de Viejas Locas fueron algunos de ellos. En la emotiva “Se fue al cielo” la pantalla por los rostros de varias leyendas de la música nacional, desde Spinetta, Federico Moura y Miguel Abuelo hasta a María Martha Serra Lima. El reggae también estuvo presente en “Reggae para Mirta” y “Reggae para los amigos”, donde los vientos se lucieron en máximo esplendor. Un célebre speech de L-Gante precedió a “Lejos de ser”, tema nuevo donde el artista desplegó sus connotaciones políticas de manera contundente y desprovisto del más mínimo sesgo de condescendencia. “Religión” sonó en ese mismo sentido.
Tras un conciso intervalo, Pity regresó reemplazando las calzas estampadas del comienzo por pantalón negro y remera a rayas negras y blancas horizontales. “Necesito” desató la exaltación del público, el músico con palo en mano y preparado para destruir un drone que luego levantó a modo de trofeo.
Luego de “Señor kioskero” se escuchó “Tornillo eterno”, lado B de hace treinta años que no había sido interpretada su concierto anterior en el Kempes de Córdoba. “Yo la quería tocar porque me hace acordar a una canción de los Rolling Stones”, introdujo. Perlas de Viejas Locas como “El árbol de la vida” y “Caminando con las piedras” sorprendieron en un extenso setlist que también incluyó grandes hits de Intoxicados como “Casi sin pensar” y “Está saliendo el sol”.
En pocos recitales el público corea hasta los solos de guitarra, otra señal de la huella indeleble de éstas canciones en la memoria popular. El vaivén acelerado de la multitud que colmó el Autódromo se hacía cada vez más vigoroso. “Perra” fue anticipando el final. “Sabía que Rosario iba a estar así. Hermoso”, expresó Pity antes de despedirse con “Nunca quise”. Sus bises fueron pocos pero acertados. Los músicos ostentaron su virtuosismo en “Lo artesanal”.
En un último estruendo, el músico desplegó la potencia de “Quieren rock”. Antes de despedirse con “Una piba como vos”, Pity anticipó que ya está pactado su próxima visita a la ciudad y que será cerca del río. Por lo pronto el músico se presentará en Mendoza el 13 de junio. Los vestigios de una euforia y el pleno goce colectivo planea el ambiente una vez finalizado un show así. La satisfacción de que ‘todo sigue igual de bien’, aunque el día a día más corrosivo pretenda mostrar lo contrario.
Por Lucas Rivero
Fotos: @mpinkph – @cecicordobaph