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Abel Pintos volvió a Rosario para celebrar 30 años en los escenarios

El artista entregó un show extenso, emotivo y potente. Metropolitano vibró durante dos horas y cuarto repletas de hits y varias sorpresas 

Treinta años sostenidos en los escenarios marcan un hito en la carrera de cualquier artista y, a su vez, el desafío contrarreloj de aggiornarse y no repetirse. Abel Pintos mostró una vez más que la arrolladora fuerza de su voz y su elegancia para apoderarse de cada instante del show, lo apartan de un mero pico consagratorio para solidificarse como ícono de la música en español. Genuino, voraz y desprovisto de toda ínfula, el cantante se reencontró con Rosario por tercera vez, luego de dos Anfiteatros agotados en diciembre con ésta gira de su treinta aniversario.

Lo sublime, lo visceral, en forma de balada o mirando en ritmos más bailables, varios sensaciones se fusionan en un show de Abel Pintos. El ‘Fuego en Anymaná’ permanece en sus llamas con la misma pasión. Al inicio de su carrera con tan solo siete años, cuando no existían las redes sociales ni podía avizorarse siquiera el acelerado avance tecnológico, para ese momento Abel ya había conquistado a todo un país con su pueril y pujante voz, incluso antes de la primera consagración en Cosquín.

Es imposible que cada trazo del show no se encuentre impregnado aquella emotividad. Sin golpes bajos, ni imágenes retrospectivas de su niñez, sino abrazando sus canciones desde la inminencia del aquí y ahora, y reticente a la nostalgia, Abel Pintos abrazó desde lo más profundo al público rosarino. 

“Repasar 30 años en una noche no es una tarea fácil, pero es bellísima”, expresó el artista luego de saludar a su gente tras los primeros temas. “El regreso fue inevitable gracias a todos ustedes. Son increíbles. Todos ustedes son gran parte de éste camino recorrido”, manifestó definiendo ésta nueva cita con Rosario como “emocionante”. Diez minutos pasadas las 21 horas, tras el apagón y sin preludio de ningún tipo, ingresó al instatnte por el extremo derecho frente al escenario. El coro de “Aquí te espero” dio inicio a una noche intensa y fuera de lo habitual. “Ya estuve aquí” permitió lucir aún más toda la parafernalia escénica compuesta por un avanzado juego de luces y una inmensa pantalla, que a diferencia de otras veces donde la ilustración era más invasiva, transmitió el show en tonos grises con efectos. Tres escalinatas inmensas cubiertas en Leds mostraron a cada uno de los integrantes de la banda desandando proeza y aplomo en el escenario con un sonido impoluto y una instrumentación. “Tu voz” siempre es de las más atesoradas por el público y resignificados por el cantante aportando exquisitez en la exploración constante de la melodía. 

En un guiño al futuro y a su actualidad musical, sonaron “Hielo al vino” y  “Todo de mí”, para luego proponer una sutil retrospectiva. Al evocar su génesis artística los maestros ocupan un lugar crucial, es por esto que la emblemática prosa  de Víctor Heredia tomó presencia en temas como “Ojos de cielo” y “Bailando con tu sombra”. En plena celebración de tres décadas es casi obligado dar lugar a aquellas de las canciones poco recurrentes  en directo. “Para cantar he nacido” es la primera canción de primer álbum (del mismo nombre), una de las más significativas del show.

Tras una encantadora versión de chacarera, llegaron “Sueño dorado”, el suspiro electrónico de  “Espejo”, los flashes en “Tiempo” y las lágrimas en “No me olvides”, con recitado incluido. El cantante desató los alaridos de sus fans y por supuesto sus gargantas acompañándolo en cada tema. 

El momento más íntimo de la noche fue acompañado únicamente por la guitarra de Ariel Pintos, en lazo de fraternidad inmarcesible. “Mariposa” dio el inicio a un set más puro y despojado, que continuó con el escenario teñido de naranja durante “La llave” y con una propuesta de matrimonio entre el público durante “Sin principio ni final”. Cada uno de los ocho músicos se apropicuó nuevamente en su lugar del escenario para otro de los trazos más movilizantes propiciado por una introspectiva versión de “El mar”. Durante “El adivino” y “Oncemil”, Abel alcanzó el pináculo de su privilegiada capacidad vocal, a lo que los rosarinos respondieron con una ovación de pie.

Alejado de las baladas y concitando todas las luces en los temas más movidos, a fuego lento comenzó a sonar “Todo está en vos”, cuyo extendido final instrumental dio unos minutos al artista, que regresó al escenario más liviano de ropa, con remera de mangas cortas tejida a punto. 

 “Aventura” fue otra de las más celebradas  del show, seguida de “Crónica”, “Juntos” y el brío rockero de “Revolución”.  Con la recordada “El alcatraz” explotó su costado más hostriónico para luego tomar la guitarra en una dedicada versión de “Motivos”. Abel sostuvo con convicción la  última nota de su voz para desembocar en “De solo vivir” y en el estallido cuartetero de “Que me falte todo”. Aparentemente finalizado el show, tras unos minutos de ausencia, el artista regresó con dos poderosas versiones de “Cómo te extraño” y “Pájaro cantor”.

El final estuvo en manos de la conmovedora “Piedra libre”, que acentuó aún más el acto ritual que resignifican los conciertos en vivo. Abel Pintos recibó el fervor del público rosarino junto a sus músicos al unísono durante la última reverencia, mientras las luces blancas de Metropolitano se iban encendiendo. El mismo Abel Pintos lo manifestó antes de dejar el escenario: “Por treinta años más”. Así sea. 

Por Lucas Rivero 

Foto: PH Diego de Bruno 

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