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Divididos presentó su nuevo disco en el Anfiteatro de Rosario

Más de treinta Anfiteatros no es un récord que logre cualquiera cómodamente, sino el resultado de un recorrido sostenido, que se reinventa sin quebrantar la esencia. Divididos suena cada vez mejor y no solo se debe al virtuosismo innegable de cada músico sino al movimiento permanente, a la fidelidad hacia su génesis rockera, al exploraraese en la mutación y rehuir al apoltrnamiento de bronce.

Una tormenta azotó la ciudad por la tarde dejando un cielo amenazante como remanente, aún asi nada iba a truncar el reencuentro entre el power trío y Rosario. Tampoco es habitual la presentación de un nuevo disco tras quince años de ‘Amapola del 66’ por lo que ésta vez la llegada de Divididos marcó un hito en su vínculo con la ciudad. Lo más impactante es que en ese interfaz de una década y media sin temas nuevos, cada show fue singular, ingenioso, con un surtido repertorio y opuesto a la repetición por más que existan clásicos infaltables.

Ésta vez no fue la excepción, por lo que las escalinatas del Anfiteatro, una vez más, se colmaron por una mixtura de generaciones aunadas en una mística rockera inmarcesible. 

Divididos sorprendió en su gira rosarina que inició en el mítico cine El Cairo con la proyección de su documental y culminó el recorrido en el Anfiteatro frente a miles de admiradores cuyos cánticos prepararon el terreno indicando que la noche sería inolvidable.

Lucky Rivers fue la banda encargada de abrir el show, en lo sonoro y lo genuino demostraron estar más que a la altura de una responsabilidad no menor. Con el foco puesto en los temas del reciente álbum “Binario” conquistaron al público rosarino dejando su ansiedad en pausa. Cerca de las 21:30 horas se pudo descubrir la propuesta escénica, sin afanes de exuberancia pero de alto impacto.

Una gigantesca pantalla acaparó cada extremo del fondo del escenario, ilustrando cada trazo del show con una estética psicodélica al unísono de un hipnótico espectáculo de luces de última generación. Las proyecciones láser produjeron un efecto tridimensional en algunos momentos, conviviendo con la austeridad de algunos focos cinematográficos de pie repartidos cuidadosamente. 

Mollo ocupó su habitual extremo izquierdo del escenario haciendo rugir a su guitarra. Catriel Ciavarella azoró al público con su alucinante versatilidad en la batería al centro, mientras que Diego Arnedo desplegó su ferocidad en el bajo desde la zona derecha. El power trío dejó pasamado al público rosarino desde el primer acorde de “Aliados en un viaje”.

Los temas del reciente disco suenan de forma fidedigna al álbum, incluso con una potencia más significativa. “Monte de olvidos”, con Arnedo apropiándose de la armónica, continuó con el extenso setlist en el que brindaron una furiosa pincelada de lo nuevo dejando espacio para algunos temas de su opulento repertorio. 

“Casi estatua”, “Tanto anteojo” y “Elefantes en Europa” continuaron sin interrupciones. Ricardo Mollo saludó y agradeció de manera elocuente pero sentida, parte de la gratitud fue dirigida a San Pedro por detener la lluvia. “Pasiones zurdas derechas”, de las que pocas veces se escuchan en vivo llegó sorpresivamente seguida de “Sábado”, en un escenario teñido de verde agua y haciéndose rogar con los amagues introductorios que fugaban en improvisación. 

“Doña red”, “Cabalgata deportiva” y “Revienta el MI Mayor”, evocado la inconfundible tapa del disco ‘Artaud’ de Pescado Rabioso, son otras de las más recientes que vibraron en el concierto. Arnedo cautivó al público durante solos de bajo que sacudían las entrañas de los presentes trascendiendo la experiencia a lo sensorial.

Éstos momentos alcanzaron su cúspide en “Salir a comprar”, y la fusión entre “Azulejo”, “Qué tal” y “La rubia tarada”, en el goce de su inmortalidad.

La garganta de Mollo vociferó los primeros versos de “El 38” desatando el pogo del Anfiteatro. “Sobrio a las piñas” junto a “Quién se ha tomado todo el vino?” también irrumpió de forma sorpresiva.

La intimidad en los shows del trío son instancia obligada del ritual. Ricardo Mollo se sentó en su extremo del escenario para una sublime y conmovedora versión de “Spaghetti del rock”, a solas con las voces rosarinas que corearon cada estrofa a los gritos. Luego la banda se sumó para la recordada “Como un cuento” junto a la refulgente “Par mil”, recibida por la gente con brazos en alto. Junto a músicos invitados, Catriel Ciavarella dejó de lado la batería para mostrar su docilidad en el bajo mientras que Diego Arnedo llevaba la melodía de “El burrito” con la armónica. 

 

Un cuarteto de gaitas engalanaron la noche para una poderosa versión de “Crua Chan”, invocando la mística de Sumo como semejante banda lo amerita. Se podría haber expandido la presencia de las gaitas en alguna versión de “Mañana en el Abasto” o en la reciente “San Santarin”, sin embargo brillaron en ese único tema. Aproximándose el final sonaron “Haciendo cosas raras”, “Sucio y desprolijo” de Pappo, “Paisano de Hurlingham”, “Rasputín” junto al coro final de “Hey Jude” y “Paraguay”. Clásicos inoxidables que se resignifican de manera explosiva.

En un guiño a Los Gatos Salvajes (y rosarinos), piedra basal del rock nacional, se inició a fuego lento el inconfundible punteo de “Ala Delta” que desembocó en una arrolladora y extendida versión que marcó el final de la noche.

A modo de epílogo Mollo descendió del escenario para la acostumbrada y cariñosa cercanía con sus fans mientras repartía púas. Arnedo se mostró mucho más conmovido que otras veces, en efecto reflejó con el público rosarino que acompañó respetuosamente cada trazo del show.

La ‘aplanadora del rock’ continúa sin frenos y nunca en automático. En un contexto virulento frente a una ‘era de la boludez’ 2.0 y maximizada, bandas como Divididos son imprescindibles. 

Por Lucas Rivero

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